Vestidos de fajina, hombres y mujeres enmascarados se disparan desde una trinchera. No tiran balas, sino pintura. Bienvenidos al mundo del 'paintball'.
Un hombre enmascarado, vestido con ropas camufladas tipo grupo comando se acurruca tras unas cubiertas gastadas. El que está detrás de esa sofisticada máscara tal vez nunca estuvo ni cerca de ir a un desfile militar, pero eso no importa en este momento. El está en algún puesto estratégico del desembarco de Normandía o de alguna batalla en la selva vietnamita: cualquier lugar más exótico y peligroso que el campo bonaerense de General Rodríguez donde estas trincheras imaginarias están emplazadas. La ilusión se rompe cuando le impacta una bola de pintura que le da un pase directo a la zona de bajas, una puerta para salir de ese otro yo bélico que se despierta cuando la partida de paintball comienza. Se podría decir que este juego es una forma sofisticada que asumió la guerra de bombitas de agua que se disputaba en las veredas de la infancia. Quizás ahí esté la clave para entender por qué un grupo de adultos se junta a dispararse pintura y a asumir, por un momento
aunque sea, el papel del héroe que salva la vida de algún teniente O'Neal caído en manos enemigas, al mejor estilo de la serie Combate.
El paintball consiste en un enfrentamiento entre dos equipos que se disparan bolas de pintura –llamadas pellets– con una marcadora, una especie de pistola de aire comprimido pero que funciona con una garrafa de CO2 y que en sus orígenes era utilizada para marcar ganado. Todo aquel que es impactado queda eliminado de la partida.
Las pellets son esferas del tamaño de un caramelo grande hechas con una especie de gelatina biodegradable, y rellenas de una sustancia coloreada que se lava fácilmente. Son lo suficientemente duras como para que su impacto sobre una zona descubierta deje marcas, por eso el uso de máscara es obligatorio en todo momento. Los juegos cuentan con un árbitro cada diez personas, que determina los tiempos de la misión y verifica las bajas. De todos modos, el juego cuenta con la sinceridad de los jugadores, que están obligados a declararse de baja cuando sienten el impacto del pellet.
MORIR O MATAR
Para los que juegan por el puro placer de la competencia existe el speedball, una modalidad en la que equipos de cinco o diez personas se enfrentan en un terreno pequeño en el que se ponen obstáculos inflables a modo de trincheras. El objetivo es alcanzar con la menor cantidad de bajas la bandera de la base enemiga. Los juegos pueden durar de un minuto y medio a cinco minutos. En esta modalidad no hay reminiscencias militares, los participantes se visten con colores chillones que los diferencian claramente unos de otros; al decir de Guillermo Puglia –secretario de la Asociación Argentina de Paintball– "parecen más un Power Ranger que otra cosa". En el otro extremo está el recball o paintball recreacional, en donde la imaginación y la creatividad de los participantes es lo que marca las pautas del juego. Generalmente se juega con misiones:
desde capturar la bandera del equipo contrario hasta reproducir sucesos de películas como Rescatando al soldado Ryan o La caída del Halcón negro. Según la cantidad de jugadores y las posibilidades del terreno, estos escenarios van ganado en complejidad. Recuerda Guillermo: "Una vez en un campo armaron con el motor de un ciclomotor una especie de carro que se suponía que era un tanque y en un big game en San Luis contrataron a un paracaidista que se tiró en medio del monte y rescatarlo era el objetivo de la misión". Los Big games son el grado más alto al que llega el paintball recreacional; se trata de una sola partida que puede durar de seis horas hasta el día entero, incluyendo trasnochada en algún paraje inhóspito. Por lo difícil que es organizarlo es poco usual, pero eso no hace más que convertirlo en la cita de lujo para todos los jugadores dispuestos a movilizarse hasta donde sea.
¿JUGAR CON FUEGO?
"Cuando empezamos en el noventa y pico el recuerdo de la dictadura estaba muy presente y vestirse de soldado se veía mal. Era totalmente comprensible. Pero creo que ahora todos lo ven como un juego", explica Sergio Tato, dueño de La Colina, uno de los campos más antiguos. En este sentido, Rodolfo Trevisani –57 años, presidente de la A.A.P. y uno de los jugadores más veteranos– aclara que en la mayoría de los campos no se aceptan menores de 18 años, precisamente porque se considera que no poseen "la madurez suficiente como para discernir sobre ciertos asuntos". En la Argentina no existen heridos por jugar al paintball, como sí los hay en Estados Unidos, donde muchos jugadores tienen sus propias marcadoras y practican fuera de los campos.
Pero todo juego bélico tiene un trasfondo complejo. Por ejemplo ¿cómo se puede analizar la modalidad de la marcha prusiana? Esta consiste en poner a los dos equipos en fila uno frente al otro, a cierta distancia. Un grupo dispara primero, mientras el otros se queda quieto. Luego todos avanzan un paso y le toca atacar al equipo contrario. Así sucesivamente hasta que quedan pocos en pie. Tato afirma que esta práctica termina quitándole a cualquier posible Rambo toda visión romántica que pudiera tener sobre la guerra. Pero Tato destaca que, para la mayoría, el paintball es puro juego: "El promedio de edad está entre los 26 y los 40 años, y mucho de esto tiene que ver con la influencia del 'síndrome Sábados de Super acción'".
Muchos de los fanáticos son jóvenes con trabajos sedentarios, con frecuencia en el área de sistemas. Esto no es casual, ya que gran parte llegaron al paintball después de cumplir horas piloto frente a su computadora jugando juegos en red como el Counter strike (que hizo historia en locutorios de todo el país). ¿Mujeres? Pocas, casi todas novias, amigas o esposas de jugadores; pero muy respetadas. "La mujer es más pícara, hace cosas que el hombre nunca haría", dice Tato, y relata el caso de una mujer que permaneció escondida bajo una lona todo el juego, y se asomó justo a tiempo para arrasar con todo el equipo enemigo. "Ningún hombre hace eso por ganar", dice Tato.
ESPIRITU DE CUERPO
Pero el paintball también tiene propósitos serios: en ámbitos empresariales se lo usa a menudo como una herramienta motivacional. Casi desde sus orígenes, en los Estados Unidos de los '90, se popularizó como una actividad que favorecía la integración de los grupos y el trabajo en conjunto.
Esta tendencia llegó a la Argentina en los '90 y se convirtió en una de las actividades más requeridas por las empresas locales a la hora de entrenar a su personal para ser más eficientes y cohesivos. Espíritu de equipo, reforzamiento del liderazgo y quién sabe cuántas cosas más buscan conseguir los ejecutivos camuflados esquivando pellets entre los pastizales. Lo cierto es que hasta ahora nadie reportó ningún motín del tipo empleados contra jefes, lo que sin duda no sería la imagen ideal para la empresa pero por lo menos tendría un efecto catártico importante para los empleados.
Fuente: Clarin.com
Salu2.
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