Estuve viendo varias notas relacionadas con la ecología y el cambio climático en el foro así que me tomé el trabajo de escanear y pasar por OCR una nota que fue publicada en la revista “Rolling Stone” del mes de Enero de 2008, es un tanto extensa pero muy interesante que le realiza Jeff Goodell a James Lovelock (foto).
Recomiendo leerla entera, pero bueno, pueda dar mucha paja

Es más... no es la nota completa, más bien es la mitad, pero ya me había embolado de escanear y arreglar todo... si quieren después termino y subo el resto.
Algunas frases:
“Se podría pensar en el cambio climático como una política natural del planeta para sacarse de encima las especies que le resultan irritantes: nosotros, los humanos.”
Estamos al borde de una catástrofe climática, pero James Lovelock sostiene que el planeta no corre peligro: “Es la especie humana la que va a estar en problemas”.
El editor de la nota, JEFF GOODELL, es el autor de “Big Coal: The Dirty Secret Behind America’s Energy Future’
Nota:
James Lovelock, uno de los grandes científicos de esta época, dice que el calentamiento global es irreversible y que matará a más de seis mil millones de personas durante este siglo.
A los 88 años, después de cuatro hijos y una larga y respetable carrera como uno de los científicos más influyentes del siglo XX, James Lovelock ha llegado a una conclusión inquietante: la especie humana está perdida. “Me gustaría poder ser más optimista”, declara una mañana soleada mientras caminamos por un parque en Oslo, donde se encuentra para dar una conferencia en la universidad. Lovelock es un hombre pequeño, excesivamente educado, de pelo blanco y anteojos solemnes. De pensamientos rápidos y modales sombríos.
Y una de sus principales preocupaciones parece ser la llegada de los Cuatro jinetes: la Guerra, el Hambre, la Peste y la Muerte. “Serán tiempos oscuros”, admite Lovelock. “Pero para los que sobrevivan, sospecho que será por demás emocionante.”
Desde el punto de vista de Lovelock, el alcance de la catástrofe que nos espera pronto se volverá obvio. Hacia el año 2020, la sequía y otros climas extremos se habrán convertido en lugar común. En 2040, Europa será un Sahara y Berlín tan caluroso como Bagdad. Atlanta terminará siendo una selva. Phoenix será inhabitable, al igual que partes de Pekín (desierto), Miami (mares crecidos) y Londres (inundaciones). La escasez de comida conducirá a millones de personas a migrar hacia el Norte, produciendo tensiones políticas. “Los chinos no tienen donde terminar si no es en Siberia’, dice Lovelock. “Cómo se sentirán los rusos al respecto? Creo que la guerra entre Rusia y China va a ser inevitable.” Las privaciones y la migración masiva devendrán en epidemias, lo que significa la muerte de millones de personas. En 2100, piensa Lovelock, la población mundial se habrá reducido de los 66oo millones actuales a la escalofriante cifra de quinientos millones, y la mayoría de los sobrevivientes estará viviendo en las latitudes más alejadas: Canadá, Islandia, Escandinavia, el Ártico.
Hacia fin de siglo, de acuerdo con Lovelock, el calentamiento global significará que las temperaturas de zonas como América del Norte y Europa aumentarán alrededor de 10 grados centígrados, cerca del doble de lo que indican las predicciones de los últimos reportes del Panel Intergubernamental de Cambio Climático y el cuerpo de científicos de las Naciones Unidas, al cual pertenecen algunos de los científicos más reconocidos del mundo. “Nuestro futuro —escribe Lovelock— es como el de los pasajeros que navegan apaciblemente sobre las Cataratas del Niágara sin saber que los motores están a punto de fallar.” Y empezar a usar lamparitas de bajo consumo no va a salvamos. Para Lovelock, combatir los gases causantes del efecto invernadero no hace mucha diferencia a esta altura, y mucho de lo que se hace pasar por desarrollo sustentable no es más que una estafa para obtener beneficios con el desastre. “El verde —me dice, un poco en broma— es el color del moho y de la corrupción.”
Si esas predicciones vinieran de cualquier otra persona, uno se refría de ellas como se ríe de un viejo perdido proyectando su propia muerte inminente sobre el mundo alrededor suyo. Pero viniendo de Lovelock no se trata de profecías tan fácilmente descartables. Como inventor; Lovelock creó un aparato que ayuda a detectar el crecimiento del agujero en la capa de ozono e impulsó —dándole arranque— el movimiento ambiental en los años 70. Como científico, introdujo una revolucionaria teoría conocida como Gaia —la idea de que nuestro planeta es una especie de superorganismo que está, de alguna manera, “vivo”. Acusada de curanderismo new age, la idea de Lovelock de un planeta autorregulado subyace ahora en todas las teorías sobre el clima. Lynn Margulis, un biólogo pionero de la Universidad de Massachusetts, define a Lovelock como “una de las mentes científicas más innovadoras y agudas de nuestro tiempo”. Richard Branson, empresario británico, reconoce que Lovelock lo ha inspirado a invertir miles de millones de dólares en combatir el calentamiento global. “Jim es un científico brillante que ha acertado acerca de muchas cosas en el pasado”, dice Branson. “Si él está preocupado por el futuro, es importante para la especie humana prestarle mucha atención.”
Lovelock sabe que predecir el fin de la civilización no es ciencia exacta. “Podría estar equivocado acerca de todo”, admite mientras continuamos paseando por el parque de Norway. “El problema es que todos esos científicos bien intencionados que afirman que el peligro no es inminente basan sus argumentos en modelos de computadora. Yo me baso en lo que de verdad está pasando.”
Al llegar a la casa deLovelock en Devon, en la zona rural del sudoeste de Inglaterra, el cartel sobre el portón anuncia:
ESTACION EXPERIMENTAL COOMBE MILL
ESPACIO DE NUEVO HABITAT NATURAL
POR FAVOR NO ENTRE NI MOLESTE
Después de recorrer un par de cientos de metros por un sendero angosto, cerca de un viejo molino, hay una cabina blanca con techo de tejas donde Lovelock vive con su segunda esposa, Sandy, estadounidense, y su hijo menor, John, que tiene 51 años y es ligeramente discapacitado. Es un lugar de cuento de hadas, rodeado por un poco más de catorce hectáreas de bosque, sin huerta, sin rosales podados. “Detesto todo eso”, me dice Lovelock. Un poco escondida por el bosque hay una estatua de Gaia, la diosa griega de la Tierra, en cuyo honor Lovelock ha bautizado su revolucionaria teoría.
La mayoría de los científicos trabaja duro para traspasar los límites de la ciencia, aportando así a nuestra comprensión del universo. Lovelock es uno de los pocos científicos que ha trascendido las ideas que tienen que ver con la revolución específicamente científica para ocuparse también de las que se relacionan con una revolución espiritual. “Los futuros historiadores verán en Lovelock a un científico que produjo un giro copernicano en la forma de vernos a nosotros mismos y al mundo en que vivimos”, dice Tim Lenton, un investigador climatológico de la Universidad del Este de Anglia, en Inglaterra. Antes de Lovelock, el planeta era visto apenas como algo más que una roca girando alrededor del sol. De acuerdo con el conocimiento general, la vida evolucionó en este lugar porque las condiciones estaban dadas (ni demasiado frío ni demasiado calor y agua suficiente). De alguna forma las bacterias se transformaron en organismos pluricelulares, los peces llegaron al mar y, mucho después, llegó Britney Spears.
En la década del 70, Lovelock resumió todo esto en una pregunta muy sencilla:
¿Por qué la Tierra es diferente de Marte o Venus, donde la atmósfera es tóxica? En un destello de lucidez, Lovelock entendió que la Tierra no fue creada por un conjunto aleatorio de eventos geológicos sino por la fusión acumulativa de todo lo que ha respirado, crecido y perecido durante su existencia. El aire “no es un mero producto biológico —escribió Lovelock— sino más probablemente una construcción biológica: no viviente, pero que como el pelo del gato, las plumas del pájaro o el papel en el nido de la avispa representa la extensión de un sistema viviente, designada para mantener el ambiente elegido”. De acuerdo con la teoría Gaia, la vida no es solamente el paso por la Tierra sino la participación activa en ella, cuya función es ayudar a crear las condiciones necesarias para mantenerla. Es una idea muy bella: la vida creadora de vida. También es una idea muy acorde con el post flower power de los años 70. Lovelock fue recibido como una especie de gurú, un hombre que puso a la Tierra en el centro de una experiencia religiosa new age, donde antes estaba Dios.
Lovelock no es alarmista por naturaleza. En su opinión, los peligros del poder nuclear están creciendo a pasos agigantados. Lo mismo sucede con las emisiones de mercurio en la atmósfera, la ingeniería genética aplicada a los alimentos y la pérdida de la biodiversidad en el planeta. El gran error de su carrera, de hecho, fue no reconocer que el cielo se estaba derrumbando. En 1973, después de haber descubierto que los químicos industriales llamados clorofluocarbonos habían dañado la atmósfera, Lovelock declaró que la concentración de CFC en la atmósfera no suponía “ningún riesgo posible”. Resultó ser que si bien los CFC no eran tóxicos para respirar, se estaban comiendo la capa de ozono. Lovelock revisó su gesto de inmediato, calificándolo como “uno de mis mayores fracasos”, pero el error puede haberle costado el Nobel.
Al principio, Lovelock no consideró el calentamiento global como una amenaza inmediata para el planeta. “Gaia es fuerte”, dijo a menudo, tomando prestada la frase de un colega. Pero hace un par de años, alarmado por la rapidez del derretimiento de los hielos antárticos y otros cambios climáticos relacionados con eso, Lovelock se convenció de que el piloto automático de Gaia —la gigante, sutil e inexpresable red de equilibrios que mantenía el clima balanceado— estaba siendo seriamente afectado, desbaratado por la contaminación y la tala indiscriminada de árboles. Lovelock cree que el planeta volverá, eventualmente, a recuperar su equilibrio, aunque demore un millón de años. Lo que peligra, según él, es la civilización. “Se podría pensar, seriamente, en el cambio climático como una política natural para librarse de las especies que le resultan irritantes: nosotros, los humanos”, me dice Lovelock en la pequeña oficina que ha levantado en su cabaña. “O por lo menos para reducirlos en cantidad.”
La cabaña de Lovelock en el bosque es un mundo distinto del sur de Londres, donde creció pálido, llenándose los pulmones de polvo de carbón, tosiendo, en el seno de una familia de clase obrera. Su madre fue una feminista adelantada, su padre creció en la desesperación del hambre, tanto que llegó a pasar seis meses en la cárcel por robarse un conejo. Poco después de que Lovelock naciera, sus padres se lo dieron a su abuela para que lo criara. “Eran demasiado pobres y estaban demasiado ocupados para criar a un niño”, explica. En la escuela, fue un pésimo estudiante, medio disléxico y más interesado en hacer travesuras que en hacer la tarea. Pero amaba los libros, sobre todo los de ciencia-ficción de Julio Verne y H.G. Wells.
Para cuando Lovelock llegó a la pubertad, ya quería dedicarse a la ciencia. Su primer amor fue la física. Pero su dislexia hizo que las matemáticas complejas fueran muy difíciles para él por lo que optó por química y entró en la Universidad de Londres. Un año más tarde, cuando los nazis invadieron Polonia, Lovelock se convirtió al cuaquerismo y pronto se volvió un consciente objetor. En sus declaraciones escritas, explica que se rehúsa a pelear: “La guerra es el mal”.
Lovelock consiguió un trabajo en el Instituto Nacional de Investigación Médica en Londres, donde su primera tarea fue desarrollar nuevas maneras de detener la propagación de enfermedades infecciosas. Pasó meses en refugios subterráneos antibombas estudiando cómo se transmitían los virus, y teniendo relaciones sexuales con enfermeras en los primeros centros de ayuda mientras las bombas nazis caían sobre su cabeza.
Como resultado de sus investigaciones en los refugios, Lovelock inventó el primer aerosol desinfectante. Un par de años más tarde, como pionero en el campo de los criogénicos, fue el primero en comprender cómo reaccionan las estructuras celulares al frío extremo yen desarrollar los medios para congelar esperma animal que todavía son utilizados hoy en día. “Gracias a Lovelock —dice el biólogo Lyon Margulis—, no es necesario enviar todos nuestros toros a Australia.”
Pero la invención más importante de Lovelock fue el Detector y Capturador de Electrones, o ECO. En 1957, trabajando sobre la mesa de su cocina, Lovelock diseñó un aparato para medir la concentración de pesticidas y gases en el aire. El instrumento entraba en la palma de la mano y era tan sensible que si vertías un químico raro de alguna botella sobre una sábana en el Japón y dejabas que se evaporara, el ECO era capaz de detectarlo una semana después en Inglaterra. El mecanismo fue rediseñado por Hewlett- Packard: si Lovelock hubiera retenido la patente, se hubiera vuelto rico.
Los resultados de la invención de Lovelock se parecían increíblemente a las ideas planteadas por Rachel Carson en su best-seller ecologista
Primavera silenciosa (1962), que alertaba al mundo sobre el peligro de pesticidas como el DDT. Cuando su libro apareció, la ciencia ya estaba utilizando el ECO para medir el residuo de los pesticidas en la grasa de los pingüinos antárticos y en la leche de las madres que estaban amamantando en Finlandia, dando así clara evidencia a lo enunciado por Carson acerca del impacto de los químicos sobre el medio ambiente a escala global. “Si no hubiera sido por mi ECO —dice Lovelock— la industria hubiera podido calificar los juicios de Carson como química lavada. Y hubieran tenido razón.”
Una década más tarde, Lovelock hizo un descubrimiento todavía mayor. A fines de los 70, después de unas vacaciones solitarias en Irlanda, tomó una muestra aleatoria de niebla en el área y encontró clorofluocarbonos. Los CCC son unos compuestos creados por el hombre para refrigerar y para la aspersión de los aerosoles (un signo seguro de la contaminación producida por el hombre). Si los CFC están en Irlanda, ¿dónde más estarán?, se preguntó Lovelock. Entonces emprendió un viaje de seis meses en un velero científico por la Antártida, usando —como podía— el ECO para detectar los CCC en la atmósfera. Pero Lovelock falló en predecir el peligro que suponían; otros dos científicos ganaron el Premio Nobel por formular la hipótesis, correcta, que sostiene que los CFC están haciendo un agujero en la atmósfera, por donde entran los peligrosos rayos ultravioletas. Como consecuencia, los CCC fueron prohibidos, dice el biólogo de la Universidad de Stanford, Paul Ehrlich, “sino, todos estaríamos viviendo debajo del mar con snorkels y aletas para escapar del sol venenoso”.