Fecha de Ingreso: 10-2003
Ubicación: Santa Maria del Buen Ayre
Mensajes: 3,515
Poder: 0 
|
DD viejo - memorias de Korax
Bueno... quizá a alguien le interesa esto que era un librito que escribí para un pj mío de la vieja open y que más o menos cuenta la historia de lo que pasó en el primer año y medio. Mas o menos desde el comienzo hasta el reinado de Handir (que expiró a este pj). Quizá remueve un poco sus memorias atrofiadas y se acuerdan de anécdotas interesantes.
Según dicen, tiene algunas imprecisiones, pero no me culpen a mí, culpen a mi pj!
Memorias de Korax
1
Quizá la historia de mi vida ayude a alguien a no cometer los mismo errores. Aunque creo que seguramente terminará en el fondo de un cajón polvoriento.
Mi infancia, tras la muerte de mis padres y hermanos que nunca conocí a manos de los dragones, la pasé en unos campos cerca de la montañas de Tenegár, criado por unos vecinos que, junto con varias familias, se refugiaban de la guerra. Fueron tiempos tranquilos desde los ojos de un niño, aunque se veía la mirada de desolación de los mayores, que no comprendíamos en ese momento. Cada tanto nos mudábamos, nos encontrábamos con grupos nuevos y dejábamos atrás a otros. Cuando dejaron de recibirse noticias de la guerra y me sentí con deseos de conocer el resto de Erandor, dejé a mi familia adoptiva, a la cual nunca más volví a ver.
Relatos de proezas de batallas lejanas me hicieron desear ser guerrero, y me dirigí a las ruinas de Tenegár. Como en toda guerra, se idealizaba al ejército de nuestro lado, así que mi mayor deseo en esos tiempos era refundar la Orden de los Tenegrim, los cuales eran para mí los defensores de nuestra raza más que una secta de fanáticos, peones de los nigromantes.
Las ruinas de Tenegár eran decepcionantes, sin duda. Mi sueño era ser Capitán de la Guardia, pero no había guardia, ni reyes, ni lugar para guerreros. Sólo mitir solitarios, curiosos algunos, encerrados en sí mismos los otros, que venían de paso a ocuparse cada uno de sus asuntos, atraídos por los restos aún utilizable de alguna antigua herrería de Tenegár. Solíamos dormir apoyados en paredes derrumbadas, sobre montones de paja, y el mayor entretenimiento era ver la puesta del sol sentados en el único asiento del lugar: una enorme roca. Los mitir eran temerosos y desapasionados, y lo único que les interesaba era conseguir algo para la cena.
Vista mi posición de completa inutilidad, supuse que el primer paso para refundar a los Tenegrim era refundar la ciudad, o al menos darle una cierta organización. Nadie había dispuesto para tal tarea, así que cometí el terrible error de tomar las riendas del asunto. Los primeros tiempos fueron difíciles, nadie quería escuchar, nadie tenía esperanzas de que funcionase. Me encontraba amargado y escuche consejo de alguien que al parecer tenía las mismas intenciones que yo, su nombre no lo recuerdo, pero que luego me di cuenta que en realidad añoraba el sadismo de los antiguos nigromantes. Terminamos peleándonos con unos pobres herreros, que dicho sea de paso me molieron a golpes. Pero en ese momento es cuando comprendí que mis acciones definían quién era yo, y de ahí en más consideré a la violencia como el último recurso, agotadas todas las demás posibilidades. Supongo que fue algo bueno, considerando que en los tiempos posteriores me salvó varias veces la vida, aunque quizá me hubiese convenido que me matasen, así me hubiese ahorrado muchos problemas.
Cambié mi estrategia, y comencé a realizar anuncios convocando a reuniones para discutir el asunto. Se hicieron tres de ellas, donde no se presentó mucha gente, y bastante poca accedió a colaborar. Se discutieron proyectos, pero nadie parecía querer llevarlos a cabo. Finalmente sólo quedamos tres, Freender, Anithranith Soul y yo. El primero expiró y la segunda desapareció sin dejar rastro (luego me enteraría que se había unido a Inmari, un reino que surgiría luego, y que conspiraba en nuestra contra). Ya en marcha, no había vuelta atrás y me fui de Tenegár por un tiempo. Me interné en los bosques de Nargor y aprendí el oficio de carpintero, y comencé a reunir los materiales para construir el primer edificio de Tenegár. Con la ayuda de mi primo Ethereus, a quién de casualidad me crucé en Tenegár un día (pues no lo había visto desde mi infancia) y desde entonces fue mi mano derecha, construimos una granja modesta. El plan resultó: atraídos por lo nuevo, muchos mitir se mostraron interesados al pensar que reconstruir Tenegár era posible. Ilusos. Rápidamente juntamos materiales y construimos más granjas, administradas por el buen mitir Mestor, a quién me encontré por puro azar en el medio de la nada y casualmente era granjero sin granja. Estuvo muchos años con nosotros, pero lamentablemente hace tiempo que desapareció y no lo volví a ver, ha de haber expirado ya.
Para ese tiempo, otros reinos estaban comenzando a surgir: Gharos, ciudad adoradora de Inmar, que fue la que más creció. Inmari, que bajo el mando de Brom Stromgard se entregaban al más sangriento de los fanatismos religiosos en nombre de Inmar. Y Nueva Comiel, engendrada por la extravagancia de su rey Miyel, cuna de varios mitir de gran renombre, como el Barón Pirata y el Granjero de Parabellum.
Tenegár, la ciudad legendariamente más poblada tras la guerra, se pobló de bandidos. Principalmente eran dos familias: los Doomhammer, de alto código de honor, pero que gustaban de saquear, aunque no operaban solamente en la zona, y los Trollsbane, dirigidos por Moer, quienes se construyeron una granja donde guardaban sus pillajes en las afueras de Tenegár.
2
Nosotros éramos pocos, y no teníamos demasiada fuerza de combate. Vivíamos apiñados en esa granjita, pero lentamente nos íbamos organizando, agrandando y progresando. Aparecieron luego un par de grupos deseosos de intervenir en el asunto. Uno era liderado por un mitir llamado Dereathor, que se hacía también llamar Thar, y deseaba (de manera bastante poco realista en cuanto a lo práctico, debo decir) regresar a Tenegár a su estado preguerra, con sus cultos oscuros y esclavitud. Otros eran los llamados “La Defensa” o “Los Guardianes”, quienes decían querer ayudar a pacificar al lugar, aunque en la práctica no se involucraban demasiado. Este grupo, conformado ciertamente por mitir notables, estaba liderado por Essereth, un mitir a quién conocí cuando llegué a las ruinas. Parecía alguien sabio, sensible y honorable, y fue una honra que me confiara su nombre que no daba a nadie, pero al parecer el tiempo lo fue socavando. Los otros miembros eran Vent, mitir de gran cordura y que se añadió a nuestro grupo tras la disolución de la orden, Geminit Avathien, el famoso asesino traicionero, que ya tenía tendencias mitircidas y era peor que los ladrones que decía combatir, dándole el lujo a su orden de ser el primer grupo en ser traicionado por él del que tenga noticias, y Asheron Freez, miembro tardío de la orden, quien me juró lealtad tras derrotarlo yo en un duelo, aunque al poco tiempo enloqueció y se volvió un asesino, y seguramente fue abatido por sus antiguos colegas. Luego había bandidos aislados, aunque famosos, como Marauder, Drake, etc.
Inferiores en número, dediqué la mayor parte de mi tiempo a negociar con los diversos grupos, tratando de ceder lo menos posible a sus demandas. Lograba mantenerlos satisfechos prácticamente sin darles nada a cambio, sólo fingiendo debilidad. Incluso la familia Trollsbane quería ser declarada la Guardia oficial de Tenegár, para justificar sus actos. Bandidos eran los de antes, ciertamente. Finalmente movilizamos al pueblo de Tenegár y los expulsamos, mientras que los otros grupos cayeron por su propio peso al poco tiempo. Así, pudimos dedicarnos a las mejoras, y construimos el viejo Taller de Tenegár, edificio emblemático sin duda, el cual fue la primera gran obra del fallido intento de ciudad. Algo que no puedo olvidar es lo difícil que era conseguir ciertas cosas en esos tiempos, recuerdo haber tenido que ir a buscar específicamente al Rey de Gharos para que me hiciera las forjas que hoy en día aún están en el taller.
En esos tiempos yo viajaba mucho, hablaba mucho con todo mitir que me encontraba. Así, me crucé con muchos personajes notorios, que sería injusto no nombrar. Edwin, el historiador, quien llevó las primeras semillas de ingredientes mágicos a Gharos, con quien hablábamos durante horas de la situación de Erandor. Kalessin, con quien tuve al principio ciertas fricciones, porque parecía ser conocido de Thrain, un primo de los Trollsbane, sumado a su parquedad típica, pero que luego sería un gran amigo. Heráclito, el mercader viajero de gran honor, que dominaba a las bestias mediante aullidos perturbadores. Selnod, el primer comerciante bien organizado que haya visto, herrero y minero de Gharos. Dess´sel, buena amiga de nuestro grupo, quien construyó una bella casa en las afueras de Tenegár, que el tiempo destruyó tras su expiración. Nairobi, la famosa sastre cuyo único objetivo en la vida era volverse rica, y lo logró, según creo. Kalfú, el cómico, el único mitir que parecía realmente disfrutar de la vida. Brom, Rey de Inmari, que pasó por Tenegár sólo porque había un rumor que un bandido local lo había insultado. Athena Asamiya, quien vivió con nosotros un tiempo, hoy debe seguir enterrada bajo la decadente Syenel. Josef, el mitir santo, líder religioso de Inmari. Belenium (aunque creo que lo conocí bastante después, ahora que lo pienso), domador famoso por sus precios altos. Eric, el único mitir al que tuve que expulsar de la comunidad por insurrecto y buscapleitos, además de vago y mendigo.
En la ciudad, con el taller construido, comenzamos a realizar una política de reclutamiento masivo. La abundancia de buena fe de nuestra parte causó que se comenzasen los robos internos. Finalmente un robo masivo concluyó en un cambio de cerraduras, y pudimos notar quiénes eran los que realmente querían quedarse y quienes solo eran oportunistas de paso. Varios mitir de lo que ahora es la nueva Tenegár formaban parte del grupo: Fedexus, gran mitir, herrero y luchador, Caluwen, cuya fidelidad solo es superada por su impulsividad, Cristian, famoso buscapleitos pero buen guerrero al fin, Vilgor, herrero obsesivo de profesión, Don Juan, el herrero payaso, quien participó en las primeras reuniones de la posguerra, entre otros. Muchos mitir venían de sus refugios atraídos por el aparente florecimiento de las ciudades, y conocí a dos mitir con los que descubrí que éramos parientes muy lejanos: William, que luego sería el Mago Blanco, o Mago Loco, y Defling, a quien en nuestro círculo llamábamos el Bufón de Tenegár.
3
Encargué a Defling las tareas de información, y logró que lo hicieran ciudadano de Inmari, desde donde nos pasaba todos los datos sobre ese reino y de otros, con lo cual dejé de viajar tanto como antes. Hicimos grandes progresos en esos tiempos de paz aparente, aunque nos visitaba en bandido Geminit (y otros lacayos, como Zell) para saquear de manera periódica: luego nos enteraríamos que era mandado por Inmari para sabotear el crecimiento de la ciudad. Luego los traicionó, claro.
Una noche vino a visitarnos Miyel, Rey de Comiel, para pedirnos apoyo en una batalla contra Gharos, a quien acusó de confabular contra nosotros. Obviamente trataba de manipularnos, pero le seguí el juego y mandé una cantidad irrisoriamente baja de guerreros, que pasarían encubiertos para que no nos asociasen con el ataque. La unión Gharos-Inmari, advertida por espías de la invasión, aplastó ferozmente al ejército comielita. Defling, quien peleaba del bando de Brom (aunque “ignoraba” a nuestros guerreros en batalla, claro), aprovechó la oportunidad y saqueó las arcas de Comiel. Todavía tengo la montaña de oro que me trajo, ciertamente antes de arruinarse el cerebro fumando esas algas marinas hacía un buen trabajo. Ese fue el principio del fin de Comiel, dispersándose pronto sus mitir por todo Erandor, desde Nargor (en ese momento un páramo) hasta al desierto. Surgía en ese entonces, por obra de Kalessin, el Gremio de Havok, que solía mantenerse a un lado de los conflictos del resto de Erandor, y que en ese entonces no imaginaba cuán ligados estaríamos en el futuro.
Por una de esas casualidades del destino, di con un libro que hablaba sobre el Neo-Vampirismo, una especie de texto mesiánico para los Vampiros, un grupo religioso que bebía sangre de cadáveres. El único vampiro que conocía, Fesoth, se mostró muy interesado en el texto por razones obvias. El texto, lamentablemente, incitaba a demasiada violencia, así que le hice unas pequeñas “correcciones” apelando a la confraternidad de los mitir. Fesoth sospechó, pero al parecer siguió la versión actualizada en su obrar, ya que nunca mató a nadie para beber su sangre. Era realmente algo asqueroso, pero habíamos decidido ser el primer reino en proponer la libertad de cultos, algo peligroso en esa época, considerando a Gharos e Inmari, pero que ciertamente debía hacerse. Escribí un libro sobre eso, pero temo que una de las copias se haya perdido, y la otra destruido en un incendio. Justamente Fesoth se encontraba minando una tarde cuando dos mitir de negro fueron a interrogarlo. El, ocupado, no los escuchó, y le pareció peligroso quedarse porque estaban armados, e intentó correr. Uno era mago, y lo paralizó, pero cuando pasó el efecto del hechizo Fesoth se refugió en una casa. El mago logró colarse, y Fesoth y Caluwen, quien se encontró con un sujeto hostil en su propia casa, lo cortaron en pedacitos muy pequeños. Esos dos mitir de negro eran Rumil Lasuke, hoy expirado, y Alatriste, que se hacía llamar “capitán”, miembros del recientemente nacido reino de Tulsar D´aruk, o algo así. Después de todo, todos les decíamos Vhid, que era el nombre de la ciudad. Ofendidos por lo ocurrido, comenzaron a matar a todo el que se cruzaban, principalmente mineros inocentes, gritando que querían las pertenencias del mago de vuelta. Y así, por la locura de estos mitir, comenzó la más grande guerra desde el fin de la lucha con los dragones.
Hordas de magos vestidos de negro venían a asesinar a toda la gente de Tenegár a diario, y nos las veíamos muy mal ya que había pocos luchadores. Yo incluso ya había olvidado todo lo que hube sabido del manejo del mazo de dos manos, arma que dominaba con gran arte en mi juventud, y debía limitarme a contemplar la destrucción a mi alrededor. construimos un refugio para los mineros y granjeros en el desierto, en un lugar que llamamos el Valle de la Soledad, coronado por una gran pirámide que quien sabe quién la haya erigido en tiempos remotos. Allí los trabajadores podían ir de vez en cuando sin temer a ser asesinados, y comenzamos varios de nosotros a entrenarnos en las artes mágicas y guerreras, para poder al menos hacer frente a las invasiones. Lentamente fuimos mejorando, y se nos unieron algunos guerreros como Juan, quien hubo sido leñador hasta que se cansó de ser asesinado por la gente de Vhid y se dedicó de ahí en más a usar su hacha para derramar sangre. Se armaban grupos de guerreros deseosos de venganza, y nuestras tropas atacaban las ciudades enemigas. Cientos de batallas ocurrieron, y son demasiadas historias para contar. Las más notables fueron quizá la vez que logré encerrar al Rey de Vhid en nuestro viejo taller, y con la ayuda un mitir de Havok hoy expirado, Morfo Alkad, quien usó armas todavía calientes de la forja, logramos eliminarlo, y la vez que una alianza con Havok y Nargor invadió Vhid, triunfó y fue finalmente masacrada de un solo golpe por varios magos disfrazados, mediante su más poderosa arma, el hechizo de terremoto.
4
Para ese entonces, el rey de Gharos perdió el poder a manos del jefe militar, Turhorn Kun, y los conflictos internos terminaron en la disolución del Reino. Inmari colapsó también, aunque nunca tuve bien claros los motivos. Seguramente Brom los haya abandonado o algo así. Un reino nuevo de mitir que adoraban a la naturaleza se formó, Nadelor, pero fue aplastado y absorbido por Vhid. Muchos huyeron, y los que quedaron, salvo excepciones como Diógenes, con quien hablábamos de lograr la paz, eran en su mayoría bestias vestidas con ropas de mitir. Sobre todo su líder, Davidoff, que era ciertamente un orco en ropas de mitir.
Asimismo, se formaba el primer intento de reconstruir Nargor, bajo el liderazgo de un triunvirato conformado por dos Athena Asamiya, Melrond y Tangert. Este último fue absorbido por Havok por sus dotes marinos, y se realizó una obvia boda entre los que serían los reyes de Nargor. Boda muy interesante, por cierto. Nosotros fuimos con armas e ingredientes mágicos escondidos, presintiendo un ataque, y en el medio de la boda apareció un monstruo salvaje, seguido de varios magos de Vhid que eliminamos con velocidad. En la confusión, usé un par de hechizos para llevarme de recuerdo un cáliz y un plato decorativo que utilizó el sacerdote. Nos acusaron de atraer la violencia, y nos expulsaron por un tiempo de Nargor. Cosas de Melrond. Igualmente, el matrimonio fue un fracaso, Athena se fugó con otro (Erwin Elendil) y tuvieron sus hijos, tras lo cual expiró. Le pregunté antes de eso si estaba segura que los hijos no eran de su antiguo marido, pero dijo que Melrond nunca le había tocado un pelo. Mala suerte la mía, pues mi regalo de bodas fue el lecho nupcial.
Iniciado yo en las artes de la magia, me retiré por un tiempo al solitario desierto con el objeto de realizar una meditación profunda para expandir mis horizontes místicos y así poder ser más útil a la comunidad. Gran sorpresa fue la mía al volver, habiendo dejado a Defling al mando, viendo a Geminit peleando de nuestro lado. Por supuesto, al poco tiempo nos traicionó y se unió a nuestros enemigos, algo muy sutil de su parte. Viéndose retroceder, los mitir de Vhid comenzaron a pedir tributos para terminar la guerra, que nunca aceptamos ya que eran ridículamente altos. Finalmente firmamos un cese al fuego, disolví Tenegár oficialmente, aunque la mayoría me siguieron, y nos unimos a Havok, para formar el Reino de Caledor, que prometía ser el más grande Reino jamás creado. Fue iluso de nuestra parte pensar eso.
Caledor fue minuciosamente planificada por mí y por Kalessin. Todos los detalles se discutieron durante días. De hecho, uno de los temas que más trabajo nos dio decidir fue como se llamaría el Reino. No podía ser ni Havok, ni Tenegár, pues sería malo para la autoestima de los ciudadanos. Esas discusiones duraron días y noches enteras, pero finalmente se concluyó que lo mejor sería Caledor, que en el idioma antiguo local quería decir aproximadamente “fuerza”, mientras que Arthalas, “océano”. Luego Kalessin me ofreció el mando, pero se lo cedí pues estaba un poco cansado de gobernar, aceptando el puesto de Senescal. En general, hubo cierto rechazo de los ciudadanos de Havok y de Tenegár, y una gran aceptación de los ciudadanos nuevos. Muchos de los de Havok se exiliaron, argumentando que la violencia y la corrupción habían llegado a la ciudad, e incluso se derramó sangre en peleas internas. El líder de los desertores era el antiguo Capitán de la Guardia de Havok, Kainth Krad, que no escatimó en violencia y en robar parte de los bienes comunitarios para sí mismo, antes de abandonar la ciudad. Calisto, otro antiguo ciudadano de Havok, un loco que se caracterizaba por imaginar a su madre hablándole, también inició grandes conflictos, pero terminó admitiendo haber asesinado él mismo a su madre y suicidándose. Blad Calendor merece ser mencionado, pues fue el que más cordura aportó en esos momentos difíciles, aunque lo vi un tiempo después y al parecer había perdido la memoria de todo lo sucedido. Por otra parte, Magolubítico y su hermano Maglubiyet decidieron quedarse en Tenegár, donde se dedicaron a erigir un castillo. Caluwen dio muestras de sus ataques de rebeldía, iniciando un movimiento para impedir la mudanza, pero pronto se arrepintió y volvió a nuestras líneas.
Fueron buenos momentos, luchando duro para evitar la disgregación, pero se realizaron buenos proyectos, y ciertamente Caledor era el Reino más importante de Erandor. Varios ciudadanos merecen ser mencionados. Kaeter, el comerciante, antiguo ciudadano de Gharos, mitir de gran honra, aunque cobraba algo caro. Alonso Quijano, un mitir que rayaba entre la mala y la buena vida, pero que nunca dudo en poner su arco de nuestra parte cuando lo necesitamos. Hanomen Feft, el guerrero de Nimue, siempre seguido por su inseparable caballo blanco, ciertamente el mitir más noble, trabajador y leal que haya conocido en toda mi vida.
5
Otro gran mitir de Caledor era Ithanerlind, también conocido como el Abate Faria, también conocido como el Druida, que cuidó nuestros establos un tiempo hasta que partió a Nimundara. Ashtar, el otro maestro de establos, mitir de una lealtad sin precedentes. Y Juan... claro. Ahora era General del ejército, pero su fama se debe más a su incidente con la mitir Bianca, que lo acusó de intentar aprovecharse de ella, que a su corrección como general, que dejaba bastante que desear. Algunos dicen que hablar mal de los expirados no es bueno, pero malo sería manchar la verdad con mentiras. Igualmente, el asunto entre Bianca y Juan da pie para escribir varios libros, así que no se detallará en este lugar.
Mientras tanto, ocurrían ciertos cambios en Erandor. Los mitir de Vhid dejaron de aparecer. Pasé por su ciudad, decorada ciertamente para asustar a los viajeros cobardes, pero estaba desierta. Nunca supe que sucedió con esos mitir, que decían ser descendientes de una estirpe expulsada de la antigua Tenegár por haber practicado la magia negra, algo que encuentro bastante dudoso. Sobre todo que hayan vivido en Tileth, como afirmaban. Melrond, rey de Nargor, había sido derrocado por Styrr Vampyrik, un mitir que parecía noble pero al parecer enloqueció y se volvió un asesino más. El animal Xene era encargado de la seguridad local, tarea que realizaba con su salvajismo característico. Melrond se hizo famoso por dedicarse a escribir de incógnito mensajes contra el gobierno de Nargor, y colocar trampas mortales en sus puertas. El era muy buscado en ese momento, luego de haber sido ejecutado en la plaza pública por Styrr, lo mismo que sus seguidores. Pero siempre en Nargor estaba Ithanerlind, despotricando contra los invasores, sin temor a ser asesinado. Realmente ha de haber tenido mucha suerte ese mitir, cada vez más vinculado a Nimue, diosa de la Naturaleza, la que al parecer le había obsequiado su particular sombrero de cabeza de ciervo. Aparecía también un reino nuevo, Syenel, que al parecer era una especie de secta de fanáticos religiosos pero pacíficos. Nunca supe mucho de ellos, más que lentamente el tiempo los eliminó.
Nuestro Capitán Juan, decidió demasiado pronto y sin consultar que sería conveniente tratar de derrocar al gobierno de Nargor. Ya declarada la guerra, pensamos en organizar un nuevo gobierno, pero nuestro principal candidato, Perdurabo (quien hubo alguna formado con Heráclito y otros la llamada “Legión Roja”, dedicada a hacer proliferar la justicia) nunca apareció. Finalmente, tuvo lugar la más grande batalla que haya ocurrido desde la guerra con los dragones. Y yo no participé. Una multitud de mitir a caballo salieron de Arthalas en ropas rojas, mientras que otra multitud esperaba en Nargor vestida de color verde. Antes de comenzar, Miyel Drag y sus mitir, quienes eran aliados nuestros, nos traicionaron e intentaron asesinar a Kalessin, lo mismo que otra mitir, Mitarashi Yuui, lo cual fue una lástima porque me debía madera, y con una pena de muerte sobre su cabeza me fue imposible cobrársela. La batalla fue un fracaso para nuestras tropas, ya que misteriosamente cientos de mitir de Nadelor y de Vhid aparecieron y pelearon sorpresivamente del lado de nuestros enemigos. Derrotado el ejército, vinieron a Caledor donde me sorprendieron y tomaron prisionero. Varios guardias armados me tenían con una espada al cuello dentro de mi propia casa. Se presentó ahí Juan, con quien fingí una pelea frente a Styrr y sus mitir, y en la confusión me alcanzó mi libro de runas y logré escapar hasta Tenegár, donde nos reunimos con Defling y William por provisiones. William fue solo a Nargor, donde tomo el control de la ciudad por un tiempo bastante largo, eliminando decenas de mitir con gran facilidad. Nosotros fuimos a Arthalas y cuál fue mi sorpresa al encontrarme conque un grupo de ladrones y asesinos, reclutado por Styrr en su desesperación, estaba derribando las puertas de las casas y saqueando la ciudad. Vestidos con ropa de mujer algunos, desnudos otros, se dedicaban a matar a quien veían y robar todo lo que podían. Usando la magia y una seria de disfraces de las formas más diversas, logré liquidar a varios, al mismo tiempo que logré armar a Hanomen, que se encontraba sin equipo, y Caledor se llenó de cadáveres de bandidos. Recuerdo algunos de sus nombres: Toretto, Clodomiro, Judas, Michael, Gerónimo. Finalmente, llegó Essereth, quien llamaba a Styrr “su hermano”, y logramos hacerlo entrar en razón, y se encargó de llevarse a los saqueadores por considerar poco honorable esta profanación. Pocos días antes había hablado con él, su rostro era gris ahora, no se parecía al mitir que hubiera conocido en Tenegár hacía tanto, pero quizá la nostalgia lo hizo apoyarme en esta ocasión.
Calmados los asuntos, Juan fue declarado culpable de insurrección y degradado a soldado común. Pienso que si hubiéramos triunfado, igualmente esto hubiese sucedido.
6
Kalessin cada vez mostraba más dudas sobre ser Rey, y se fue desligando hasta que nos abandonó oficialmente, en una despedida triste donde nos dio obsequios muy interesantes. Nombré Senescal a Tangert, y procedimos a tratar de realizar urgentes mejoras en la ciudad, que parecía algo estancada.
Al parecer la mitir Bianca, a quien Kalessin le tenía un aprecio inexplicable, le había confiado unos diarios personales. Kalessin los perdió en la Gran Batalla, y cayeron nada más y nada menos que en las manos de William, que había limpiado a medio ejército rival. William exigió un pago a cambio de los diarios, situación tensa que se prolongó por varios días (lo que me permitió examinar esos diarios, y confirmar mis sospechas de la peligrosa locura de Bianca) y concluyó de manera sangrienta con un dragón enloquecido destruyendo la ciudad de Nargor. Ese dragón era Kalessin, y hasta entonces sólo tres mitir sabíamos el secreto: Miyel Drag, ¡quien decía ser su hijo!, cosa que Kalessin negaba, Defling, el primero que lo vio cambiar de forma, y yo, a quien había confiado el secreto hacía tiempo, y había tenido ocasión de verlo con mis propios ojos en una ocasión. Al parecer, había sido capturado durante la Guerra por los nigromantes de Tenegár, y por medio de magias, torturas y mutilaciones, lograron transformarlo en mitir en las profundidades de las torres de la Montaña de Fuego. El dragón asesinó a William y a Juan, pues estaba del lado de Bianca en ese asunto, y nada de lo que dije logró calmarlo. Alguien en Nargor debió reconocerlo, pues Styrr y sus mitir se dirigieron a incendiar Arthalas como venganza, y yo personalmente, haciendo gala de todos los disfraces y magias que poseía, tuve que encargarme de eliminar a los invasores y apagar el fuego de toda la ciudad, incluso de nuestro flamante puerto, una de las más grandes obras arquitectónicas del Erandor moderno.
Yo vivía con un par de mitir: Lara, la inocente domadora, y Hansi, el minero laborioso que poseía la particularidad de estar en el lugar equivocado en el momento equivocado. Mientras tanto, Melrond fundaba una nueva ciudad: Imringold, al mismo tiempo que surgía Midgar cerca de lo que antes era la Nueva Comiel de Miyel, bajo la influencia de Erwin Elendil, el mitir de muchas esposas.
Nos tomó por sorpresa la expiración de Juan: asesinado por la espalda por un desconocido, que al parecer dijo unas extrañas palabras en el antiguo idioma de Tenegár. Al parecer Juan era descendiente de ellos, y los había traicionado por no haber sido cruel y despiadado como los Tenegrim de antaño.
Luego vinieron tiempos de paz y decadencia. Los ciudadanos mostraban poco interés a pesar de los esfuerzos de Kaeter, Tangert y míos por mejorar la ciudad. A su vez, un grupo de mitir al parecer poseídos por la diosa Katiara se dedicaba a hacer sacrificios en un altar en las afueras de la vieja Nadelor. La piel se les ponía completamente blanca y adquirían poder en la oscuridad, aunque el sol los lastimaba. Muchas mitir fueron asesinadas por ellos, incluída la mujer de Melkíades Kestra, uno de los hechizados que logramos hacer confesar, luego de que lo eliminé violentamente, claro. En Nargor se hacía presente la furia de Nimué la cual, según sus representantes liderados por el Druida, se sentía insultada por las casas que no eran de madera dentro de esa ciudad, llegando a casi destruir una propiedad mía en Nimundara. Partí de viaje, pensando que me tomaría poco tiempo, pero se prolongó durante demasiado. Volví a mis lugares de la infancia, y solo encontré escombros, muerte y desolación. Dentro de la casa donde había vivido, me topé con un antiguo juguete de mi juventud: un cayado con el que me había iniciado en las artes del mazo. Pero al levantarlo, sólo vi el cráneo deshecho de mi madre adoptiva: había sido aplastado por aquel objeto que me recordaba una época de inocencia. Entonces pensé: si este palo, concebido para un fin noble, ha causado tanta destrucción, ¿qué habré hecho yo a lo largo de mi vida, habiéndome dedicado siempre a concebir cosas nuevas? Y pensé en las ciudades que había creado y habían fracasado, y habían conducido a la guerra y a la muerte a muchos. Y en las armas que había creado, utilizadas para matar. Y comprendí que había desperdiciado mi vida, pues es la esencia del mitir el destruirse a sí mismo, y cuanto más grande es el objetivo que se espera conseguir, más fuerte es la caída. La grandeza de los reinos de antaño fue eliminada por los dragones, ese fue el principio del fin. Sólo nos queda esperar la destrucción, y cualquier intento de crear sólo conduce al sufrimiento. Las esperanzas ayudan a veces, pero sólo calman el dolor, no cierran las heridas, y al tenerlas no nos damos cuenta que nos desangramos. Por eso, renuncié a toda esperanza en el futuro, que no existe, y abandoné todas las artes, pues la creación es vana.
7
Lo que sigue, es bien conocido, pues es el presente. La creación de un nuevo Gharos. La secta de los siseantes, que dicen dominada por una doble personalidad del mitir Handir, quien lo niega todo, y matan a los de estirpe real. La aparición y desaparición de los bandidos Clever. La creación de Sekes des Goteen, y su migración a la isla, la nueva Tenegár. Las invasiones orcas desde los portales negros. El castillo de Miyel en las tierras heladas, el lugar más peligroso que haya visto, habitado por demonios, monstruos y osos blancos como el polvo del suelo, donde el frío consume a los mitir y los deja completamente rígidos.
Desde entonces, me he dedicado a buscar lo único certero, que es la Verdad, y quizá por eso escribo este libro, aunque no haya nadie para leerlo. Igualmente, pronto los mitir se dispersarán, olvidarán como se lee, y se extinguirán.
__________________
|